EXPERIMENTO SAN VICENTE

Los antecedentes son por todos conocidos. Aunque en 1882 hubo un cese de las hostilidades entre nuestro país y la actual Republica Andina del Perú y Bolivia, las diferencias por la frontera norte han continuado con o sin uso de armas. La carrera armamentista en el cono sur nos ha llevado prácticamente a la ruina. Mientras Europa aprendió las lecciones de 1914 y hoy vive en una plácida y estable mancomunidad, acá continuamos portándonos como animales celosos de su territorio. Y tuvimos miedo, era normal que lo sintiéramos, más aún tras los eventos del 39. La alianza de Perú con Alemania garantizó una renovación total de su flota para 1941. Doce submarinos U-Boot traspasados a la marina andina, un portaaviones clase Graff Zeppelín bautizado Almirante Grau y sobre todo la nueva nave insignia, el acorazado Huascar, buque hermano del Bismark y el Tirpitz, ambos al servicio de la flota de Europa Unida. Tal poder de fuego, no sólo le dio a Lima la marina más poderosa del Pacífico sur, sino que nos puso ante la realidad de estar en una más que obvia desventaja frente a un ataque sorpresa de parte del Perú. Fue entonces cuando apareció el Dr. Reno, un físico norteamericano avecindado en Chile, profesor de la Universidad de Chile, quien ofreció al Ministerio de Defensa la creación de un arma naval definitiva, sin necesidad de invertir en la compra de nuevos barcos. Reno sostenía que el futuro de la guerra marina no estaba en el poder o el tamaño de los barcos, sino en el uso de nuevas tecnologías capaces de confundir y burlar al adversario. Su propuesta apuntaba al uso militar de la teoría del campo unificado de Einstein, en palabras simples, un generador capaz de curvar la energía luminosa alrededor de un barco para hacerlo invisible. Si nuestras viejas corbetas no podían ser vistas por el enemigo, daba lo mismo el poder de fuego que ostentara el Peru, la sorpresa estaba de nuestro lado. Y en un futuro conflicto, la sorpresa era el factor que siempre inclinaría la balanza. El 23 de Julio del año pasado (1943) comenzamos las pruebas en la bahía de San Vicente, Talcahuano, cerrada al tráfico mercante y civil. La Armada facilitó el viejo Acorazado Latorre para que probáramos en él, la teoría de Reno. Se desmontaron las torres de popa, donde se ubicó el generador diseñado y construido por un departamento especial de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. El primer experimento fue desarrollado a las 06:00 del día antes mencionado. Minutos después de activarse el generador, el Latorre fue cubierto por una luz verdosa, sin embargo las quejas de nauseas uy mareos de parte de la tripulación obligaron a suspender la operación. El experimento fue retomado el 28 de octubre, en el mismo lugar. En esta ocasión Reno insistió en que el generador fuera operado al máximo de sus prestaciones, asegurando que así se evitaría el malestar de la tripulación. Y fue allí cuando sucedió. Un destello, un relámpago azul y el Latorre desapareció… Para reaparecer cerca de la bahía de Valparaíso, donde se materializó por unos segundos antes de regresar a San Vicente. No sabemos que ocurrió, los informes y las conclusiones fueron guardadas por la inteligencia naval, pero si hemos contada de algunas consecuencias, como la desaparición de personal que estuvo en el Latorre aquel día. Hasta nueva orden, los experimentos de Reno han sido suspendidos.

SEA HARRIER

La noche del 6 de junio de 1994, los tripulantes del mercante peruano Abtao vieron aparecer un cazabombardero de la FACH sobre sus cabezas y posarse aparatosamente sobre la cubierta de su barco. El piloto, a punto de quedarse sin combustible, realizó una maniobra desesperada y consiguió atravesar el Sea Harrier sobre unos contenedores y una vieja furgoneta. La escena duró apenas 30 segundos y entró en la Historia como el primer aterrizaje de un caza militar sobre un buque civil en alta mar. En las horas siguientes, el avión sería trasladado a El Callao y retenido por la tripulación durante varios días.
Eran las 10 de la noche de un invernal viernes y el carguero peruano Abtao navegaba a unas 120 millas náuticas al sudoeste de Valparaiso. En el cielo, el piloto Diego Maquieira, se encontraba sobrevolando la zona al mando del Sea Harrier FRS1/FA2 -ZA176, en vuelo de reconocimiento. Maquieira había despegado del portaviones chileno Almirante Latorre y tras varios minutos en el aire descubrió que no funcionaba ni el equipo de navegación ni la radio, por lo que no tenía froma de encontar el camino de regreso. Tras intentar localizar visualmente su portaaviones construido en astilleros ucranianos, y cuando apenas le quedaba un minuto de autonomía, Maquieira divisó la silueta del Abtao sobre las aguas del Pacífico y no dudó en realizar un aterrizaje vertical sobre el único objeto flotante en millas a la redonda.

Cuando vieron salir al piloto, los marineros del Abtao no daban crédito a lo que acababa de suceder. Maquieira comprobó que todo estaba en orden y se presentó a la tripulación. Sin embargo, el capitán, que tenía que cumplir con sus horarios, ordenó afianzar el caza a la cubierta y continuar rumbo a El Callao, adonde se dirigía con su carga.

En los siguientes minutos, la noticia de que uno de sus cazas se hallaba en la cubierta de un carguero civil llegó hasta el Almirante Latorre y su capitán, el Almirante Salvador Irribarra (figura clave en la victoria chilena en la guerra de los 3 días de 1979) comenzó a emitir señales de radio con la intención de desviar al Abtao hacia Valparaiso. Pero el capitán peruano respondió no sentirse intimidado por el portaaviones chileno por lo que seguiría su curso. Unas horas después la noticia llegó a los medios de comunicación y la tensión fue creciendo por momentos.

Tres días después, el mediodía del jueves 9 de junio, el Abtao entró en el puerto de El Callao ante la presencia de centenares de curiosos, con el Sea Harrier atado en su cubierta. A lo largo de los siguientes días el Canciller Allende comenzó las gestiones por parte del Gobierno Chileno para recuperar el cazabombardero comprometiéndose a recompensar a la tripulación del Abatao por los riesgos sufridos. De hecho, aunque la maniobra de Maquieira fue considerada heroica, supuso un auténtico peligro para los marineros peruanos: un sobrepeso sobre la cubierta podía haber alterado los centros de gravedad y haber enviado el barco a pique, por no hablar de los daños que podía haber producido el calor de los motores.

Al cabo de varios días, la situación comenzó a ser muy incómoda para la tripulación, que llegó a amenazar con encadenarse al avión (desarrollado a partir del Hawker Siddeley Harrier) como única garantía de que se cumpliera el compromiso de pago. De hecho, ante la falta de noticias, aseguraron que no permitirían el desembarco del avión hasta que no se les garantizara una compensación.

Finalmente y tras el compromiso personal de la Presidenta Marín de cancelar el monto estipulado, la autoridad portuaria ordenó el desembarco del avión bajo la amenaza de utilizar la fuerza. El día 20 de julio, a las 16:40 horas, una grúa de la compañía auxiliar del puerto sacó el Sea Harrier del Abtao y lo depositó sobre la cubierta del crucero chileno Prat .

Según publicaron algunos medios, como el diario La República, la tripulación llegó a recibir unos 3,6 millones de nuevos soles de la época como premio por el rescate. Luego de su surrealista hazaña, el piloto chileno Maquieira declaró que abandonaría la Fuerza Aérea para dedicarse a la poesía.