Descripción de un personaje del fándom chileno*

LUIS VARGAS SAAVEDRA


Sebastián Gúmera, que antaño -en los buenos tiempos del fandóm- firmó con el seudónimo de Alseides algunos cuentos de lírica y somnolienta ciencia ficción, es el fruto contradictorio de un alemán descolorido y una chilena bruna. Agreguemos a ese doble origen una educación en un miserable colegio público y una civilización literaria, y quedaremos menos que sorprendidos -ya que no satisfechos y edificados- de las extravangantes complicaciones de su caracter. Sebastián tiene la frente pura y noble, brillantes los ojos como gotas de café, la nariz inquieta y burlona, los labios imprudentes y sensuales, el mentón despótico y cuadrado, la cabellera preciosamente rafaelesca. Es a la vez un holgazán completo, un ambicioso triste y un ilustre desdichado; pues apenas si ha tenido en su vida más que ideas a medias. El sol de la pereza, que resplandece sin tregua en su interior, le evapora y devora esa mitad de genio con que lo dotara el cielo. Entre todos esos grandes hombres a medias que he conocido en el terrible fándom santiaguino, Sebastián fue, más que cualquier otro, el hombre de las grandes obras frustradas; escritor, cantante, ilustrador, pareciera no existir oficio creativo que no hubiese intentado desempeñar siempre con magros resultados, porque su talento brillaba mucho más en su persona que en sus obras. Criatura fantástica y enfermiza, hacía las dos de la mañana y con unos tragos de más en el cuerpo siempre se me apareció como el dios de la impotencia -dios hermafrodita y moderno-, impotencia tan colosal y enorme que llega a ser épica.

*Extraído de LUIS VARGAS SAAVEDRA. Emecé Cuadernos de La Quimera 142, La fanfarlo, traducción de Daslav Merovic, Chile, 2028, pág.144

SEA HARRIER

La noche del 6 de junio de 1994, los tripulantes del mercante peruano Abtao vieron aparecer un cazabombardero de la FACH sobre sus cabezas y posarse aparatosamente sobre la cubierta de su barco. El piloto, a punto de quedarse sin combustible, realizó una maniobra desesperada y consiguió atravesar el Sea Harrier sobre unos contenedores y una vieja furgoneta. La escena duró apenas 30 segundos y entró en la Historia como el primer aterrizaje de un caza militar sobre un buque civil en alta mar. En las horas siguientes, el avión sería trasladado a El Callao y retenido por la tripulación durante varios días.
Eran las 10 de la noche de un invernal viernes y el carguero peruano Abtao navegaba a unas 120 millas náuticas al sudoeste de Valparaiso. En el cielo, el piloto Diego Maquieira, se encontraba sobrevolando la zona al mando del Sea Harrier FRS1/FA2 -ZA176, en vuelo de reconocimiento. Maquieira había despegado del portaviones chileno Almirante Latorre y tras varios minutos en el aire descubrió que no funcionaba ni el equipo de navegación ni la radio, por lo que no tenía froma de encontar el camino de regreso. Tras intentar localizar visualmente su portaaviones construido en astilleros ucranianos, y cuando apenas le quedaba un minuto de autonomía, Maquieira divisó la silueta del Abtao sobre las aguas del Pacífico y no dudó en realizar un aterrizaje vertical sobre el único objeto flotante en millas a la redonda.

Cuando vieron salir al piloto, los marineros del Abtao no daban crédito a lo que acababa de suceder. Maquieira comprobó que todo estaba en orden y se presentó a la tripulación. Sin embargo, el capitán, que tenía que cumplir con sus horarios, ordenó afianzar el caza a la cubierta y continuar rumbo a El Callao, adonde se dirigía con su carga.

En los siguientes minutos, la noticia de que uno de sus cazas se hallaba en la cubierta de un carguero civil llegó hasta el Almirante Latorre y su capitán, el Almirante Salvador Irribarra (figura clave en la victoria chilena en la guerra de los 3 días de 1979) comenzó a emitir señales de radio con la intención de desviar al Abtao hacia Valparaiso. Pero el capitán peruano respondió no sentirse intimidado por el portaaviones chileno por lo que seguiría su curso. Unas horas después la noticia llegó a los medios de comunicación y la tensión fue creciendo por momentos.

Tres días después, el mediodía del jueves 9 de junio, el Abtao entró en el puerto de El Callao ante la presencia de centenares de curiosos, con el Sea Harrier atado en su cubierta. A lo largo de los siguientes días el Canciller Allende comenzó las gestiones por parte del Gobierno Chileno para recuperar el cazabombardero comprometiéndose a recompensar a la tripulación del Abatao por los riesgos sufridos. De hecho, aunque la maniobra de Maquieira fue considerada heroica, supuso un auténtico peligro para los marineros peruanos: un sobrepeso sobre la cubierta podía haber alterado los centros de gravedad y haber enviado el barco a pique, por no hablar de los daños que podía haber producido el calor de los motores.

Al cabo de varios días, la situación comenzó a ser muy incómoda para la tripulación, que llegó a amenazar con encadenarse al avión (desarrollado a partir del Hawker Siddeley Harrier) como única garantía de que se cumpliera el compromiso de pago. De hecho, ante la falta de noticias, aseguraron que no permitirían el desembarco del avión hasta que no se les garantizara una compensación.

Finalmente y tras el compromiso personal de la Presidenta Marín de cancelar el monto estipulado, la autoridad portuaria ordenó el desembarco del avión bajo la amenaza de utilizar la fuerza. El día 20 de julio, a las 16:40 horas, una grúa de la compañía auxiliar del puerto sacó el Sea Harrier del Abtao y lo depositó sobre la cubierta del crucero chileno Prat .

Según publicaron algunos medios, como el diario La República, la tripulación llegó a recibir unos 3,6 millones de nuevos soles de la época como premio por el rescate. Luego de su surrealista hazaña, el piloto chileno Maquieira declaró que abandonaría la Fuerza Aérea para dedicarse a la poesía.

Fin del viaje

–¿Marlow? Marlow no era un marinero típico, lo definiría más como vagabundo que como marino. Entre nosotros era el único que “seguía el mar”. Era alguien admirable. Desde que me asomé al abismo, entendí mejor el significado de su mirada, incapaz de ver la llama de la vela pero amplia como para abarcar el universo y penetrante como para meterse en los corazones que laten en las sombras. Después de su travesía por el río Congo en busca del señor Kurtz se marchó al fin del mundo, literalmente. A una maestranza junto al Estrecho de Magallanes. El inmenso complejo mecánico de una cuadra se llamaba Minerva y su personal de ingenieros, técnicos y profesionales tanto ingleses como chilenos, era de reconocida competencia. Debo decirle que este taller nada tenía que envidiarle a los mejores de Europa porque en sus pabellones se modelaban, reparaban y construían piezas difíciles y complicadas de los mecanismos de las naves regionales, nacionales y extranjeras. Allí se fundía hierro y bronce; se reparaban buques, máquinas y calderas; se aplicaba soldadura eléctrica y autógena. Se fabricaba las prensas para lana “Ferrier-Minerva”, estanques de todos los tamaños, molinetes a vapor, bombas de alimentación, chimeneas y ventiladores de buques, volantes, poleas, émbolos…

–¿Y que hay de Marlow?
preguntó el agente de la Compañía, Silvester Fugellie.

–Descansos, machones, engranajes, ejes de transmisión, hélices –continúo el anciano ignorando a su interlocutor–. Ofrecía catalinas para molinetes, roldanas patente de guarnes, repuestos de prensas, aceites para máquinas marinas, cilindros, motores semi-diesel y de gas pobre, motores eléctricos, de automóviles Ford y de tractores y una cantidad surtida de implementos y accesorios de ingeniería naval. Aquel viejo taller era el orgullo de la industria magallánica, si señor. Y allí trabajaba Marlow y seguíamos sabiendo de él ya que de ese complejo se hablaba en los lugares más remotos del mundo, dónde jamás faltaba alguna embarcación que había recurrido a sus servicios, durante su tránsito por el Estrecho de Magallanes.

–¿Qué función cumplía Marlow allí?

–Era el administrador o algo por el estilo, Minerva como sabe era de la Compañía, prácticamente todo era de Leopoldo II por aquel entonces. Marlow no era más que otro Kurtz pero en una situación más cómoda por decirlo de alguna manera. Fue un hombre notable sin duda, en su voz había candor, convicción y rebeldía, la horrosa imagen de una verdad que apenas intuímos…, la más curiosa mezcla de odio y deseo. Cómo Kurtz él había dado el útlimo paso, traspasado el umbral…

El anciano hizo una pausa para recargar su pipa de tabaco negro, y continuó su relato:

–El mar es más fuerte, por supuesto, y no pasó mucho antes que Marlow se embarcara nuevamente en una fragata británica que para mala fortuna terminó encallando en el archipiélago Guayaneco, en las costas de la Patagonia Occidental. Alrededor, por un lado y por el otro los fuegos de la muerte bailaban a la noche; el agua, como óleos de una bruja ardía blanco, verde y azul… Meses más tarde, cuando fui a rescatar los restos de Marlow supe cómo había encontrado la muerte mi viejo amigo. Tras el naufragio él y unos pocos sobrevivientes, entre los cuales se encontraba el capitán Cheap y unos marineros de apellido Hamilton y Campbell, se vieron forzados a convivir con los salvajes de la zona, unos indígenas llamados aónikenk que como la mayoría de los patagones poseían un modo de vida cazador-recolector, durante los inviernos se encontraban en las zonas bajas y durante el verano ascendían a las mesetas centrales de la Patagonia o a la cordillera de los Andes. Las mujeres confeccionaban unas mantas llamadas quillangos de hermosas formas y coloridos de hasta doce pieles. Tras el contacto con el hombre blanco habían incorporado la costumbre de fumar tabaco y era frecuente verlos fumando con el uso de pipas de tubo corto, en un recipiente de madera. El caso es que el cacique de la tribu que albergaba a Marlow había ido con su mujer en la canoa a corta distancia de la costa, donde ella buscaba erizos, pero no habiéndoles ido con provecho, regresaban de bastante mal humor. Uno de los hijos de del cacique, de unos tres años de edad y a quien parecían querer mucho, al verlos se echó al agua para ir a encontrarlos: el padre puso una canasta de mariscos en manos del chico, pero, hallándolo éste muy pesada, la dejó caer: a esto, el padre saltó de la canoa y, cogiendo al niño por los brazos, lo estrelló con la mayor violencia contra las rocas. La pobre criaturita quedo sin movimiento y desangrándose, hasta que su madre fue a recogerlo; pero luego murió. La mujer parecía inconsolable, pero el bruto del padre no manifestó ningún pesar. Y es aquí dónde Marlow pareció perder lo poco de cordura que le quedaba y con un remo golpeó al cacique y siguió apaleándolo hasta matarlo mientras los salvajes lo miraban pasmado. El hijo mayor del cacique oyó los gritos y trató de detener a Marlow con una lanza que le atravesó los omóplatos. La gente huyó hacia el bosque temiendo represalias y los señores Hamilton y Campbell tomaron una canoa y huyeron de allí. Hasta mi llegada al parecer a nadie le importó mucho recuperar los restos de Marlow. Cuando di con sus huesos, la hierba crecía por entre sus costillas y era tan alta que tapaba los restos intactos. Ese ser sobrenatural no había sido tocado luego de morir. La aldea estaba abandonada, y las chozas se caían con los techos podridos. Evidentemente, había ocurrido una catástrofe. La gente aterrorizada, se internó en la selva y no regresó…

El anciano exhaló el humo de su tabaco y apagó la pipa. Fugellie se puso de pie muy calmado, desenfundó su pistola y dijo:

–No le creo una sola palabra. Marlow no murió, usted es Charlie Marlow.

El viejo marinero alzó la cabeza y observó una densa franja de nubes oscuras cubriendo el mar, la tranquila corriente que llevaba a los confines de la Tierra fluía bajo el cielo cubierto, parecía conducir directamente hacia el corazón de las inmensas tinieblas.

La vieja persona de Chile

There was an Old Person of Chili,
Whose conduct was painful and silly;
He sate on the stairs, Eating apples and pears,
That imprudent Old Person of Chili.

El anterior fragmento de The Book of Nonsense (Londres, 1862) de Edward Lear ha fascinado a académicos y estudiosos chilenos por más de dos siglos. El primero que intentó descubrir la identidad de la vieja e imprudente persona chilena de conducta penosa y estúpida que comía manzanas y peras en una escalera fue el notable poeta Juan Luis Martínez. De acuerdo a Sergio Meier, estudioso de la Kabbalah y amigo personal de Martínez, el poeta tras veinte años de estudios descubrió la identidad de la vieja e imprudente persona de conducta penosa, pero la habría escondido entre las páginas de su principal obra: La nueva novela (1985).

Según Meier, Martínez habría hecho esto para que la identidad de la vieja e imprudente persona pudiera ser entendida sólo por las almas sabias, santas e iluminadas por el saber, para que al igual que la Alquimia no fuese descifrada por los necios, para que permaneciera sólo accesible a las almas pacientes y a los espíritus refinados que se hayan apartado de la ciénaga del mundo y estén limpios del lodo de la codicia. Al ser consultado sobre si él había conseguido descifrar el nombre de la vieja persona chilena que comía manzanas y peras, Meier declaró “aún estar trabajando en ello”.

El gemir de los dulces alámos

Dicen que el malhechor siempre vuelve al lugar del crimen. Algo de verdad debe contener dicha afirmación ya que algo me impele a dirigir mis cansinos pasos una y otra vez a la Biblioteca Nacional. Con cierta melancolía observo que ya no van los escritores a nuestra Biblioteca. A veces me encuentro con Jaime Valdivieso y con las hijas de Alfonso Calderón que trabajan allí, según entiendo. Y eso sería todo. ¿Dónde están Jorge Teillier que como Pedro por su casa se paseaba de salón en salón?, ¿dónde está Martín Cerda que se aparecía sin previo aviso?, ¿dónde están Juan Uribe, Oreste Plath, la Mandrágora o ese trío de anarquistas que conformaban José Santos González Vera, Enrique Espinoza y Manuel Rojas? ¿Y dónde están los críticos encabezados por Ricardo Latcham, Manuel Vega, Hernán del Solar? ¡Y ni hablar del Chico Molina!, el mismo que figura en uno de los más bellos poemas de Eduardo Anguita y al que Huidobro le dijo despectivamente en cierta ocasión: “…usted, Molina, que tiene un yate en el Mapocho”.
Los fantasmas me persiguen como al viejo Scrooge. Ya no es lo mismo. En la Biblioteca hay profesores extranjeros investigando y poetas inéditos copiando, pero se perdió un tiempo irremplazable, cuando la Biblioteca era un auténtico club social que congregaba ya no a personas sino a grupos literarios, era además un prólogo a los bares, al “Isla de Pascua”, al “Bosco”, al “Unión Chica”.

Vivimos soñando. Tal esta tarde de Diciembre en que escarbo libros en la Biblioteca mientras siento los cosquilleos de mi memoria. Nos reímos, nos peleamos, viajamos por el mundo, nos avecindamos en otras naciones, nos afrancesamos, nos españolizamos, padecimos las tentaciones anglosajonas y las incitaciones germanas… “Pero siempre sentimos el llamado irrenunciable, como en esos versos de Pierre Reverdy” No doy crédito a mis ojos, cansados de tanto leer. “Eres tú, le pregunto”. “Soy yo, viejo amargado” me responde el fantasma. “Ven conmigo a la Sala Ercilla, los dulces álamos están gimiendo en su lengua maternal y tú te lo estás perdiendo”.

El fantasma
Del brazo de Teillier subo las escaleras y penetro en una sala llena a más no poder. Un joven de aspecto andrógino me sede el asiento y tomo palco. El fantasma de Teillier se ha ido. ¿En medio de qué me ha abandonado? “Es el lanzamiento de un libro de ciencia ficción”, me informa un caballero de rostro jovial que siendo mucho mayor que gran parte de los concurrentes aún así podría ser mi hijo. “Ciencia ficción”, replico refunfuñando mientras un muchacho con apariencia de futurista italiano redivivo expone a la audiencia sobre algo llamado slipstream.

No comulgo en demasía con la denominada ciencia ficción que suele carecer de méritos literarios suficientes. Claro que hay excepciones, como en todo. Bien lo sabía Borges que no la escribió pero si la leyó, la admiró, la prologó, la comentó y la tradujo. Borges eludía la denominación más popular refiriéndose a ella en forma elíptica: “fantasía de carácter científico”, “ficciones de cosas probables”, “pesadillas que rehuyen un estilo fantástico”, “imaginación razonada”. Como yo, Borges admiraba a H.G. Wells, Stapledon, Bradbury y Lovecraft a quien juzgaba injustamente como un parodista involuntario de Poe. El joven calvo, que luego me entero es Doctor en Literatura Hispánica, termina su ponencia y es el turno de un personaje de aspecto achinado que al parecer es editor. Durante un rato nos muestra fotografías en un telón blanco de las actividades realizadas por su editorial y sus autores de los que jamás he oído hablar. Estaba equivocado, los nuevos escritores sí estaban aquí pero yo no los conozco, al menos no a los presentes. ¿Que hacen Alejandra Costamagna y Alvaro Bisama entre estos escritores de ficción razonada? me pregunto tras posar mis manos en un ejemplar de la antología que es el motivo de esta insospechada reunión, tanto o más que la imaginada por Isidore Ducasse en sus célebres cantos. Dejo el libro sobre la mesa y un muchachón calvo (¿es que sufren todos los jóvenes de alopecia actualmente?) me pregunta “¿no lo va a comprar?”. “No”, le contesto escuetamente mientras busco a mi fantasma entre la muchedumbre. Pero no está para guiarme de regreso al jardín del edén así que me retiro solo mientras estos escritores a quienes no conozco cacarean su triunfo y gritan vítores por la literatura fantástica chilena, como si la antología de Serrano nunca hubiese existido.

El valquirio
Antes que pueda descender las escaleras, siento una poderosa garra en mi brazo que me frena en seco. Es uno de los jóvenes que hablaban al público. Su nombre es Jorge, como el de mi querido amigo. Me dice que logró divisarme allá en la última fila y que me creía muerto por lo que se sorprendió mucho. “Tal vez estoy muerto, tal vez sea un fantasma”, le digo desatando su risa. Me pregunta si he leído su novela y respondo que no antes que una bella mozuela se lo lleve de vuelta al rebaño al que pertenece. Me marcho entonces cual solitario lobo rumbo a mi madriguera en la Plaza Mulato Gil. Falta media hora para cerrar la librería, le digo a mi fiel empleado que no se preocupe, que se vaya temprano a casa por un día y busco en los anaqueles el volumen de aquel muchacho. Sorpresivamente tengo un ejemplar de su novela llamada “Ygdrasil”. Aquí falta una “d” me digo ya que el nombre del mítico árbol de la mitología nórdica es Ygddrasil. “Empezamos mal”, me digo, pero aún así me siento y abro el libro. “Guiamos el desarrollo de la red como se cría al verdadero hijo de Dios. Planeamos su desarrollo como una copia de la estructura neuronal de un santo. Cada nodo diariamente incorporado es una letra del conjuro definitivo. Cuando la última palabra se agregada. el Altísimo tocará esa obra de sacra artesanía con su dedo hirviente…”

Sin tener mucha idea de ciencia ficción contemporánea, intuyo una poética, quedo atrapado por la prosa ecléctica y rococó hasta que llego a la página 72 y me encuentro con él.

El Imbunche
“Ahí estaba ese remedo hediondo de ser humano, ese andamio de huesos y pellejo (…) tenía la lengua mutilada, sangre seca adherida a los vellos del pecho y el pubis, y costras de suciedad y hongos por toda la piel.” La descripción es la del Imbunche y me digo que si bien puedo pasar por alto que Ygddrasil no esté escrito de manera correcta ya que después de todo es una palabra foránea, con esto del Imbunche he llegado al límite de mi tolerancia por muy embriagante que sea la prosa del joven valquirio. Decir imbunche en vez de invunche es como decir imbierno en vez de decir invierno. Se trata de un vicio de pronunciación que por desgracia pasó inadvertidamente ante los señores encargados de filtrar, de dar lustre y esplendor a la lengua y se coló muy orondo en la majestad de la Real Academia. Otro error académico consistió en agregar que la palabra imbunche proviene de la lengua araucana siendo que el nom
bre de araucanos fue un invento de Ercilla para designar a los mapuches. La voz imbunche, corrupción derivada de invunche, o ivunche, no es de origen mapuche ni araucano, sino de los indios veliches, o chilotes. La palabra invunche proviene de las voces veliches ivún, pequeño ser, y che, hombre, esto es, hombrecillo. “Acaso no ves que el hombrecillo eres tú” me dice una voz. Es Teillier nuevamente que me interpela furibundo. “Viejo de mierda, no quieres seguir leyendo porque el libro te ha devuelto tu imagen, tu imagen de ser contrahecho y decrépito. El Imbunche eres tú. Deja de llorar por nosotros, abrazar a los muertos ahoga. Abraza a los jóvenes, a ellos tú no les importas, hazlo por ti.” Dicho esto desaparece.

La montaña
Vuelvo a pensar en los futuristas italianos y su primer manifiesto de 1909, ¡casi cien años atrás! “Los elementos esenciales de nuestra poesía serán el coraje, la audacia y la revuelta. Asimismo queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio enfebrecido, las carreras, el salto peligroso, la bofetada, el golpe”, escribía Filippo Tommaso Marinetti. Mucho de estos futuristas veo en estos jóvenes autores chilenos. “Los de más edad entre nosotros tienen treinta años (…). Cuando tengamos cuarenta, dejemos que los demás -hombres más jóvenes y más osados- nos arrojen al canasto de la basura como manuscritos inútiles. ¡Ellos correrán para matarnos, su odio será más intenso cuanto más sientan sus corazones abrumados de amor y admiración por nosotros! Y poderosa y saludable, la Injusticia estallará entonces brillantemente en sus ojos. Porque el arte sólo puede ser violencia, crueldad e injusticia”.

Soy un cadáver, el autor de Ygdrasil me creía muerto. ¿Por eso se acercó y me aferró el brazo?, ¿para comprobar que no era un fantasma, para rematarme por cometer el pecado de seguir vivo? Tal vez estemos todos muertos como en Pedro Páramo. Tal vez nuestro mundo sea en efecto una pieza de nanotecnología, un microprocesador de Brahma, tal vez sea cierto que no queda nadie… Silencio y humo, el Tangata Manu orbita la Tierra y yo sigo aquí alentando y empobreciendo pasos, solitario como una montaña, diciendo la palabra entonces.

Enrique Lafourcade
Santiago, 13 de Diciembre de 2007